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Alejandro Corral, creador de marionetas
Escultor de pesadillas en gomaespuma y látex


Alejandro Corral construye marionetas desde que era niño. Guiado por un instinto infantil muy particular, se fabricó él mismo un esqueleto humano con huesos de gallina. Aquí comenzó su carrera de Pigmalión obsesionado con lo deforme, de creador de criaturas estrafalarias. Sus personajes de gomaespuma y látex son seres deformes y emperifollados, que exhiben dientes negruzcos y ojos a punto de salirse de sus cuencos; en algún caso, son adictos al piércing más salvaje, cuando no meras máscaras ensangrentadas colgando de una picota. Y, sin embargo, pese a esa obsesión por el horror que destilan sus obras, Alejandro Corral tiene un aspecto bonachón, sin duda parece una persona afable e hiperactiva que, además, confiesa que le basta ver una gota de sangre, para caer redondo al suelo. De sangre de verdad, claro.

Aunque su labor más conocida es la de constructor de marionetas, Alejandro Corral es una de esas personas que llevan varios hilos a la vez; es también coordinador cultural del Teatro de Armilla desde hace doce años. Además dirige el Aula de Teatro de esa misma localidad, dando clases de expresión dramática a sus alumnos, entre los que se encuentran muchos maestros y actores; por si fuera poco, imparte cursos de técnica de expresión y psicomotricidad. Esta polifacética actividad profesional le entusiasma tanto como hacer marionetas. Su labor es la de sembrar inquietudes en personas de todas las edades, desde niños hasta jubilados, a través de la ilusión que genera la actividad teatral. «Los talleres que hago no están destinados tanto a conseguir que surjan actores profesionales como a otro tipo de objetivos, fundamentalmente que la vida de mis alumnos se abra a nuevas expectativas, que, por ejemplo, aprecien la lectura o que se aficionen a ir al teatro, cuando antes no habían asistido jamás a una representación». En ese sentido, el teatro es para él un simple medio para llegar a objetivos socializadores; lo de menos es que, al realizar una obra con uno de los grupos aficionados que dirige, el resultado final sea más o menos artístico. Lo verdaderamente importante es la utilización del medio teatral para abrir ilusiones en el corazón y la mente de las personas a las que dirige.

«En la calle se ven personas tan tétricas como mis marionetas»
Ahora bien, si se trata de fabricar marionetas, los objetivos cambian por completo. Aparece el reto de crear arte, convertir las ideas en objetos, sin más cortapisa que la soledad del taller, la propia mente en ebullición, pugnando por plasmar esas ideas en algo material, a veces inesperado. Se trata de abrir un canal de comunicación, una vía de emociones con quien se acerque a sus criaturas. Han sido raras las ocasiones en las que Alejandro Corral ha utilizado sus marionetas para representaciones teatrales. Unicamente, durante un montaje antiguo, denominado «Antropofobias» y, más recientemente, en una conferencia espectáculo titulada «Sin trampa ni cartón». Esa charla, en la que colaboró con Carmen B. Cremer, fue concebida para acercar al espectador al mundo de los títeres. Pocas más veces han salido sus marionetas a las tablas. No necesitan moverse para comunicarse. Tal es su tremenda fuerza expresiva.

Hace tiempo que Alejandro Corral no realiza marionetas, más volcado como está en sus tareas docentes. Sin embargo, sus figuras siguen en activo. Ahora, por ejemplo, su última exposición, denominada «Criaturas lorquianas» ha viajado a la ciudad manchega de Almagro. Es posible que se convierta en una muestra itinerante por diversas ciudades castellanomanchegas. Esta exposición fue preparada en 1998, coincidiendo con el centenario del nacimiento de Federico García Lorca. Es imposible evitar la pregunta de por qué predomina lo tétrico en la mayoría de sus obras. Alejandro Corral debe estar cansado de que le hagan siempre esta misma pregunta y se defiende: «Que me guste hacer estos monstruos no quiere decir que sea un tarado. La prueba es que también me gusta pintar cuadros con escenas alegres llenas de color», señala, y dirige la mirada hacia un grupo de lienzos donde aparecen personajes orondos, de trazos sencillos, tomando el sol en la playa.Sin embargo, acaba confesando que sus creaciones más queridas son, quizás, las más horripilantes. Una de sus preferidas es una especie de mutante sin brazos ni pies, que permanece preso en una pecera vacía, con todo el cuerpo lacerado por cuerdas y una expresión de eterna agonía, que conduce al fondo de una caverna habitada por piltrafas humanas, a un Hellraiser particular.

La curiosidad que despierta el morbo que desprenden sus marionetas nos lleva sin remedio a preguntarse si en su mente no hay un ignoto rincón del que ha brotado como pesadillas esos espantajos de orejas puntiagudas, cargados de crucifijos y bisutería, vestidos con ropas de entre las que se escapan michelines y tetas colganderas. Para Alejandro todo es mucho más sencillo. Sus criaturas, simplemente, surgen de la misma realidad: «En la calle se ven personas tan tétricas como mis marionetas, en serio».

A los periodistas y, sobre todo, a los críticos, nos encanta buscar el más allá de la creación, la supuesta motivación profunda de la obra de arte. Los artistas suelen responder entonces con argumentos ininteligibles. No es el caso de este creador de marionetas, para quien lo único importante es transmitir una emoción a quienes ven sus títeres. Es así de sencillo.

En este sentido, Alejandro Corral recuerda que en una reciente exposición que realizó en Berlín, en la que sus obras fueron muy bien recibidas, todo el mundo quería conocer las motivaciones que le llevaban a esa estética de lo deforme que define su obra. «Me preguntaban el por qué de esto y de lo otro, de todo. Y llegaba un momento en que no sabía qué decir. Por eso, le rogaba a mi intérprete que respondiera por mí lo que mejor le pareciese».

Esa exposición de Berlín de la que habla Alejandro Corral permaneció en el Museo del Títere de la capital alemana durante un año. Pero el destino de aquellas marionetas era quedarse en Alemania. Los títeres gustaron tanto que los responsables del Museo decidieron comprar la colección para incluirla en sus fondos. Ahora incluso está siendo llevada «de gira» por diversas ciudades alemanas. Que se haya reconocido de una manera tan rotunda su creatividad en una ciudad que vive para el teatro, donde sólo en el campo de los títeres hay setenta y dos grupos en activo, es todo un éxito del que aquí nadie se ha enterado.



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