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CALLE MAYOR II
Miguel Angel Rojo Martínez
Betsy Blair era una californiana jaquetona y amante del pindongueo que recaló en los cursos de español de Santo Domingo. Dada al copeo y al jaripeo, está acreditado que vino a La Rioja a tocar laflauta travesera. O sea, a vivir de motolito, a mantenerse de mogollón a expensas de la hacienda paterna. Buscaba hedonismo de regadío y lo encontró Betsy, sicalíptica a caño libre, andares verbeneros, adicta al «catering» alcohólico y a frecuentar los abrevaderos del «kalimotxo». Una tarambana.
José Suárez, logroñés, andaba siempre a trompicones consigo mismo con su tartajeo. Cara de acelga, perfil enteco, talante pastueño y hábitos morigerados, parece claro que este profesor exhumador de archivos tuvo que ser en su infancia un niño pitongo.
Betsy y José se conocieron en un encuentro organizado en el campus. A Betsy le hizo gracia el rodal de franciscano de José, su aspecto motilón, su rostro equino rematado por una quijada de pala y un bigotito imperial; era un zangolotino, un lechugino de provincias.
Betsy coqueteó con él, conmovida ante la frente peralda de sudor del docente. «Tienes las pestañas abrasadas del estudio», le dijo a José, mientras éste emitía un murmullo como de plegaria y su calvatoria adquiría el color de la sobrasada.
Betsy jugó a atreverse que estaba enamorada de José. Era un juego, una apuesta frívola de amigas. La voz del logroñés tembló como un bordón ante el acoso creciente de la californiana, «una tía para entrar a vivir», según descripción tabernaria de un conocido.
Todo fue una broma, la apuesta de una yanqui que vino a La Rioja a hacer antropología social en su año sabático. En L. A. le esperaba su novio, un MBA. Pasado el tiempo, José paseaba con su anciana madre por Portales y, a escondidas, se entregaba a la lectura de «La sonrisa vertical», literatura que se suele leer con una sola mano. Y es que el recuerdo de Betsy -buena proa y mejor popa- le ponía cachondo.
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